Recuerdo que quise un té. Ojala recordara así todas las cosas de la vida ya pasada, y mucho recuerdo, pero más recuerdo que quise un té. Y no fue solo el té, sino la cocina y el silencio. Un silencio tan profundo que hacía a todo existir. Y no era yo, ni el té, ni el silencio, era todo existiendo. Quise un té con la misma verdad con que a veces, solo a veces, algunos lo querrán en invierno por las noches, lo quise con la verdad misma y simple del querer, ni de más ni de menos, solo quise un té, en esa cocina, en ese silencio, en esa existencia. La noche estaba abierta y entera, también yo tal vez, y el té estaba rico, dulce, caliente, perfecto. Todo era enorme, el mar estaba tan cerca que se hace innecesario evocarlo, lo mismo las estrellas, lo mismo todo. Todo estaba allí, y todo era querer un té, y beberlo. Y además del té quise tus besos, los quise con la misma claridad que el té. Cada uno de tus besos. No lo sabía así antes de cuando antes en el patio me besaste, sin apuro, a su tiempo, cuando el beso en verdad ya era beso, cuando nuestros labios eran nuestros labios, y el silencio se reconoció silencio. No lo sabía hasta ese beso. No sabía que sabía qué quería, no sabía que quería un té por ejemplo, hasta ese beso. Y no es romántica mi intención, hablo del té y no de amores, hablo de mí, de vos, o del universo, o de haber encontrado eternidad en un té y en un beso. Recuerdo poner la pava, buscar los sobres, el azúcar, recuerdo que tu presencia era clara y silenciosa y que ninguna sonrisa era de más ni de menos. Recuerdo que no era necesario decir nada, y todo era sereno. Y recuerdo cuando tu cuerpo se acercaba, y me acuerdo de quererlo, ni antes, ni después, exactamente en ese momento, cuando tu cuerpo se acercaba, yo quería que se acerque tu cuerpo. Cómo explicar lo eterno en la linealidad de este tiempo ahora, no había antes o después, no quería tu beso y luego el beso, exactamente al besarnos, yo quería tu beso. Recuerdo que apoyado sobre la mesa, parado, hacías silencio mirando la mesa, y yo sentada, te miraba, en silencio, y ese silencio nos unía, nos abarcaba, se nos metía a la profundidad, y se nos salía por todo el cuerpo, y el tiempo no era el tiempo, y no había un lugar u otro, y sin evocarlo había un mar y sin medirlo había tiempo. Yo era yo, y vos, vos, y nuestro besos, besos. No lo dije en ese momento, pero luego del té, yo quise otro té, que no hice ni tomé, ni te convidé, pero quise más té, porque estaba tan rico, caliente, dulce, perfecto.
Y ahora no es que quiera tus manos acolchonadas tocando mi cuerpo, ni quiero que de aquí parta la historia de amor del mundo, ni quiero que tengamos hijos en una casa con un perro, ni quiero que viajemos por el mundo en el yate que decíamos, ni que me hagas el amor siquiera, pero a veces querría sí, que estés para abrazarme cuando lloro al emocionarme al escuchar algunos versos, cantados o leídos, o que los escuches conmigo, o te rías conmigo, o reírme con vos, querría contarte cómo me siento en este momento, o no contártelo, ni contarte de ayer, ni qué quiero de mañana, quiero que estés acá al lado mío sólo para que sientas cómo me siento, y para sentir qué sentís, para darnos un beso más, para que siga aquél beso, para volver a percibir el momento en que nuestros cuerpos y manos se buscaban para unirse y caminar juntos, lentos. Y quiero que estés, para querer tomar un té, simplemente querer tomar un té, y hacerlo.
.
.
Comentarios
Publicar un comentario